Mañanas vacías
Dec 19th, 2007 | por admin | Columna: Vida de perros
Lo único que no me gustaba del lugar, era el persistente viento. La temperatura era siempre baja, pero soportable, quizás por mi pelaje, propio de razas de zonas frías.
Por lo demás, mis días transcurrían en una rutina plácida y atractiva. Paseos disfrutando la tibieza del sol cuando había, excursiones en busca de algún manjar olvidado, siestas reparadoras en lugares protegidos del viento, participación en los juegos de los niños.![]()
De tanto en tanto, alguien me adoptaba temporariamente y así recibía además, una dosis de ternura y cariño.
Así transcurría mi vida en aquel año de 1982 en las lejanas islas.
Aquella mañana de abril, un inusitado movimiento acompañado de gritos, ruidos extraños y vehículos marchando me despertó.
Mis ocasionales amigos, con quienes compartíamos un rincón de una vieja casa semiderruida, ya se habían despertado y comentaban que había mucha gente extraña y con raros aparatos en las manos.
Me desperecé rápidamente y troté hacia la casa de Frankie, un humano joven que a menudo me daba de comer y algunas caricias.
Allí todo era exaltación y movimientos.
- Nos invadieron tropas argentinas, oí que decían.
- Pero no puede ser, murmuraba la madre de Frankie, mientras comenzaba a desenrollar su rosario.
- Pues así lo dice toda la gente de la ciudad mamá, contestó Frankie.
Las horas fueron pasando, en una mezcla de incertidumbre y temor.
A la tarde, ya todos sabíamos que el ejército argentino había decidido tomar las islas porque, según ellos, eran suyas desde tiempos inmemoriales.
Mi vida no varió mucho en esos días. Solamente debí acostumbrarme a ver caras extrañas y recibir algunas caricias y también patadas nuevas.
Por las noches, echado bajo la mesa donde Frankie y sus amigos compartían una charla, oía que los isleños comentaban la próxima llegada de su ejército que los liberaría de esa situación incómoda.
Frankie seguía estudiando y cuando podía, me acercaba algún hueso acompañado de caricias.
Y el día llegó… Con gran estruendo de aviones, bombas y disparos comenzó el combate.
A Frankie lo veía menos.. Sólo algunos momentos por las tardes, cuando salía a dejarme comida y charlaba unos pocos minutos conmigo.
Una mañana, mientras ambulaba por las calles del pueblo, un soldado argentino me llamó y comenzó a acariciarme y a hablarme.
Me dijo que se llamaba Francisco, y que allá, en su lejano pueblo, tenia un perro muy parecido a mi.
Lo sentí sincero y afectuoso.
Desde ese momento, todas las mañanas trataba de ubicarlo para recibir mi cuota diaria de caricias.
Y por las tardes, Frankie completaba este ritual.
En medio de una guerra, me sentía casi feliz… tenía dos amigos que me apreciaban y hasta podría decir que eran parecidos uno a otro.
Frankie era más melancólico, Francisco más extrovertido, pero ambos eran jovencísimos y tenían sueños y proyectos.
Francisco quería estudiar Medicina y Frankie se sentía atraído por las letras y las artes.
Francisco había dejado una novia en su tierra natal, una hermosa jovencita llamada Verónica, de la que siempre llevaba una fotografía en sus bolsillos, mientras que Frankie, amaba secretamente a su vecina, Susan, pero su carácter tímido le impedía hablarle.
Pasaron algunos días así, en una situación indefinida. Yo de guerras no entendía mucho, pero me sentía contento de haber encontrado dos buenos amigos.
Una mañana, temprano, grandes explosiones me despertaron y mirando por un hueco que había en el galpón donde dormía, vi un resplandor vivísimo en el horizonte.
Inmediatamente oí corridas, gritos y órdenes militares por todos lados.
Tímidamente me asomé y vi que Francisco y sus compañeros, salían corriendo, cargando pesadas mochilas y un arma en los brazos. Sus rostros expresaban angustia y miedo.
Todo ese día fue así… explosiones fortísimas, aviones pasando muy bajo, gritos de dolor, voces de mando.
Frankie pasó esas horas estudiando, o por lo menos aparentando estudiar, pues a la tarde, cuando fui a buscarlo, lo vi abstraído, con la mirada perdida en el horizonte. Seguramente pensaba en su vecina, o quizás en la absurda situación por la que se vivía en ese momento.
Sus caricias fueron más afectuosas que de costumbre aquella tarde. También me premió con un caramelo.
Al anochecer, vi que los soldados argentinos regresaban cansados y sucios. No vi a Francisco, pero la noche cerró rápidamente y el movimiento era inusualmente grande.
Las luces se apagaron rápidamente aquella noche y no me quedó otra solución que refugiarme en mi galpón tratando de protegerme del excesivo frío de aquel mayo de 1982
A medianoche me despertó el sonido tristísimo de una armónica. Sería aquel amigo de Francisco que llevaba una y solía divertir a sus compañeros con sus canciones?. La melodía era muy triste y al poco tiempo se hizo silencio total.
Por la mañana, me costó levantarme. El sol era tenue y la neblina cubría el lugar con un espeso manto blanco.
Me sacudí rápidamente y partí buscando a Francisco.
Toda aquella mañana lo busqué… infructuosamente.
Vi a su compañero, el de la armónica, con una cara tan sombría que me sorprendió, puesto que era muy alegre.
Ambulé por trincheras y barracones, por casas y campos, pero no pude dar con Francisco.
Por la tarde, percibí que Frankie también estaba más triste y apenado que de costumbre. Si bien su carácter era más reservado y melancólico, su expresión me decía que pasaba por un momento especial y triste.
Siguieron otras mañanas de infructuosa búsqueda de Francisco.
En una de ellas vi, junto a una cruz de madera, la placa que mi amigo llevaba siempre colgada al cuello, y a su lado la fotografía de Verónica. Aquella tarde, vi a Frankie paseando de la mano de Susan
Desde aquel día, mis mañanas estuvieron siempre vacías.







