La brevedad de la vida, memorias sobre Séneca
Mar 24th, 2008 | por admin | Columna: Personajes
(*) Su Vida
Nace en Córdoba, hacia el año 4 a.C. Sus padres fueron: Séneca El Viejo, un famoso retórico, y Helvia Paulina, mujer de excelente carácter y educación. La familia del filósofo pertenece a la nobleza de provincias: son miembros adinerados del ordo equestris (caballería).
Séneca se educa en Roma, estudia Retórica hasta los 18 años, con Fabiano Papirio. Después, asiste a las lecciones del estoico Atalo (que fue su maestro de moral) y de Soción, un ecléctico muy influído por el pitagorismo. Con miras a su promoción social, Séneca abandona los estudios de filosofía, centrándose en la Retórica y ejerciendo como abogado.
En el año 25 viaja a Alejandría (Egipto) para reponer su salud, siempre delicada. La estancia de 6 años en este país lo pone en contacto con la cultura egipcia, ampliando sus horizontes intelectuales. Basándose en los conocimientos adquiridos, escribe su primer libro, De situ et sacris Aegypti, obra que se ha perdido. También estudia por esta época a Panecio y Posidonio, dos maestros del estoicismo (tardío).
Comienzos de su carrera política
Vuelve a Roma en el año 31. Allí reanuda su vida de orador, y comienza su carrera política. Obtiene la cuestura en el año 33, y poco más tarde un puesto en el Senado. Su fama como retórico y como autor dramático provoca la envidia del emperador Calígula (37-41), quien planea matarlo. Convencido de que Séneca tendría una vida corta, a causa de su mala salud, fue posponiendo el crimen, hasta que él mismo fue asesinado, lo cual situó a Claudio como emperador.
Séneca se casa, y nace su primer hijo: Marco Anneo. Probablemente daten de esta época, del 31 al 39, obras no conservadas, como De lapidum natura, De piscium natura o De motu terrarum. Tras la muerte de su padre en el año 39, Séneca escribe Ad Marciam de consolatione, y en el año 41 escribe De ira.
Acusación y destierro
Reinando Claudio, la emperatriz Mesalina consigue que Séneca sea acusado de adulterio con la princesa Julia Livila, hermana de Calígula y una de las principales enemigas de la emperatriz. Como consecuencia, Séneca es desterrado a Córcega, en el año 41. En aquel territorio semisalvaje, entre grandes privaciones, Séneca escribe Ad matrem Heluiam de consolatione y Ad Polybium de consolatione.
Indulto
Su destierro dura 8 años, hasta la boda de Claudio con Agripina. Entonces, ésta consigue que Séneca sea indultado y pueda volver a Roma. Es nombrado Pretor, y junto con Burro (Prefecto de la Guardia Pretoriana) comienza a ocuparse de la educación de Nerón, hijo de Agripina. En esta época, Séneca contrae segundas nupcias con Paulina, y escribe De breuitate vita y De tranquillitate animi.
En el año 54, muere Claudio, envenenado. Séneca escribie la Apokolokyntosis diui Claudii, sátira en la que ridiculiza las pretensiones de divinidad de Claudio (”Apokolokyntosis” significa transformación en calabaza, por contraposición a “apoteosis”, transformación en dios).
Nerón emperador y sus dos períodos de gobierno
Tras la muerte de Claudio, Nerón, de 16 años, se convierte en emperador y su tutor Séneca en árbitro del Imperio. Hasta el año 59, la influencia política de Séneca es capital , pudiéndose decir que, junto con Burro, es el verdadero gobernante del Imperio. De esta época datan sus obras: De constantia sapientis y De clementia.
Es el famoso período del gobierno bueno de Nerón. Séneca y Burro introducen reformas fiscales y judiciales, y fomentan una actitud más humanitaria hacia los esclavos. Al mismo tiempo, Séneca se venga de sus enemigos haciendo uso de los mismos métodos utilizados contra él. Numerosos políticos y senadores son desterrados a islas perdidas en el mapa. Su elevada posición le hace reunir una gran fortuna, la mayor del Imperio. Este hecho es criticado por Suilio, entre otros, y Séneca se defiende de las acusaciones escribiendo De uita beata.
En el año 59, Agripina es asesinada por orden de su hijo Nerón, que, paulatinamente, ha ido tendiendo hacia un gobierno cada vez más personal y despótico. El propio Séneca es el encargado de redactar el discurso que Nerón leerá en el Senado, justificando el crimen. Por estos años escribe también De beneficis.
A medida que Nerón va acaparando más poder, la influencia de Séneca comienza a declinar. En el año 62, la muerte de Burro lo deja en una situación aun más vulnerable. Todos sus enemigos, agrupados en torno a Tigelino, comienzan a acosarlo. En esta coyuntura, Séneca solicita de Nerón su retiro de las labores de gobierno, ofreciéndole incluso la entrega de toda su fortuna. Nerón se niega a aceptar, y le asegura que su vida no corre peligro.
Suicidio obligado
“Sin ser capaz de marcharse definitivamente de Roma, Séneca se va apartando poco a poco de la vida pública. Esta es quizás la etapa más fecunda de su producción filosófica, pues escribe algunas de sus obras más famosas. De estos años, del 62 al 65, datan: De otio, Naturales Quaestiones, Epistulae Morales ad Lucilium y De Prouidentia.
En el año 65 es descubierta la conjura de Cayo Calpurnio Pisón contra el emperador. En opinión de muchos, el Imperio iba a ser entregado a Séneca. Nerón le ordena suicidarse.
Séneca, con gran fortaleza, abraza a su mujer exhortándole que trate de templar y no de eternizar su dolor, procurando con la contemplación de su vida pasada virtuosamente, tomar algún honesto consuelo y a su manera olvidar la memoria de su marido.
Ella, por el contrario, afirmando que también tenía hecha resolución de morir entonces, pide con gran instancia la mano del matador. Con esto Séneca, no queriendo impedirle su gloria, y amándola, por no dejar a tan caras prendas en poder de tantas injurias y tan crueles destrozos, le dijo:
“Yo te había mostrado los consuelos que había menester para entretener la vida; mas veo que tú escoges la gloria de la muerte. No pienso mostrar que te tengo envidia al ejemplo que has de dar de ti, ni estorbarte esta honra. Sea igual entre nosotros la constancia de nuestro generoso fin, aunque es cierto que el tuyo resplandecerá con mayor excelencia.”
Después de esto, se cortaron a un mismo tiempo las venas de los brazos.
Séneca, porque siendo ya muy viejo y teniendo el cuerpo muy enflaquecido con la larga abstinencia despedía muy lentamente la sangre, se hizo cortar también las venas de las piernas y tobillos. Y cansado de la crueldad de aquellos tormentos, por no quebrantar con las muestras de su dolor el ánimo de su mujer, y por no deslizar él en alguna impaciencia, viendo lo que ella padecía, la persuadió a que se retirase a otro aposento. Y sirviéndose de su elocuencia hasta en aquel último momento de su vida, llamando quien le escribiese, dictó muchas cosas que, por haber quedado en el vulgo con las mismas palabras excusaré el referirlas.
Mas Nerón, no teniendo odio particular contra Paulina y por no hacer más aborrecible su crueldad, mandó que se le estorbase la muerte. Y así, la persuasión de los soldados, sus propios esclavos y libertos le vendan las incisiones de las venas y le restañan la sangre, no se sabe si con su consentimiento; porque, como quiera que el vulgo se inclina siempre a los peores juicios, no faltó quien creyese que mientras juzgó por implacable la ira de Nerón, deseó la fama de imitar y acompañar en la muerte a su marido; mas que, habiéndole ofrecido después más blandas esperanzas, se dejó vencer de la dulzura de la vida. A ésta añadió después bien pocos años, con una loable memoria de su marido y con un color pálido en el rostro y miembros, que se mostraba bien haber perdido mucha parte del espíritu vital. Séneca, entre tanto, durándole todavía el espacio y dilación de la muerte, rogó a Estacio Aneo, en quien tenía experimentada gran amistad y no menor ciencia en la medicina, que le trajese el veneno ya de antes prevenido, que era el que solían dar público juicio los atenienses a sus condenados; y habiéndoselo traído, le tomó, aunque sin ningún efecto, por habérsele ya resfriado los miembros, y cerrado las vías por donde pudiese penetrar la violencia en él. A lo último, haciéndose meter en el aposento donde había un baño de agua caliente, y rociando con ella a sus criados que estaban más cerca, añadió estas palabras: “Este licor consagro a Júpiter liberador.” Metido de allí en el baño, y rindiendo el espíritu con aquel vapor, fue quemado su cuerpo sin pompa alguna, como antes lo había ordenado en su codicilo, mientras hallándose todavía rico y poderoso iba pensando en lo que se había de hacer después de sus días.”
En sus palabras
“La mayor parte de los mortales, oh Paulino, se queja de la malignidad de la Naturaleza, por habernos engendrado para un tiempo tan breve y porque este espacio de tiempo que se nos dio se escurre tan velozmente, tan rápidamente, de tal manera, que con excepción de muy pocos, a los restantes los destituye de la vida justo cuando para vivir se están preparando. Y no es sólo la turba y el vulgo imprudente que gimen de esto que creen un mal común; también este sentimiento ha provocado quejas de claros varones. De ahí viene aquella sentenciosa exclamación del príncipe de los médicos: La vida es breve; el arte largo.
De ahí también aquella acusación indigna de un hombre sabio que a la Naturaleza hizo Aristóteles, en lid con ella, a saber: que sólo a los animales les otorgó vidas con mano tan larga, que la prolongan por cinco o diez vidas, y que al hombre, en trueque, engendrado para tantas y tan grandes cosas, lo circunscribió a término tan angosto.
No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Asaz larga es la vida y más que suficiente para consumar las más grandes empresas si se hiciera de ella buen uso; pero cuando se desperdicia en la disipación y en la negligencia; cuando a ninguna cosa buena se dedica, al empuje de la última hora inevitable sentimos que se nos ha ido aquella vida que no reparamos siquiera que anduviese. Y es así: no recibimos una vida corta, sino que nosotros la acortamos; ni somos de ella indigentes, sino manirrotos.
Así como las riquezas, aun copiosas y regias, si vinieren a poder de un mal dueño, en un momento se disipan; pero confiadas a un buen administrador, aunque módicas, se acrecientan con su mismo uso, así también nuestra vida harto espaciosa para quien la dispone buenamente.”
Lucio A. Séneca (De la brevedad de la vida)
(*) Adaptación sobre un texto de José María Filgueiras Nodar.








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