Un oficinista silencioso: la vida de Fernando Pessoa
Mar 27th, 2008 | por admin | Columna: Personajes
Su vida
Fernando Pessoa nació el 13 de junio de 1888 en la ciudad de Lisboa. Muy poco se sabe de su vida personal, salvo que salía siempre hacia el mediodía, iba a un café, pedía alcohol y al terminar su bebida se marchaba. Escribía de noche y preferentemente parado.
Pero no nos vayamos tan lejos en el tiempo aun, el padre de Pessoa muere cuando Fernando tiene cinco años; su madre se vuelve a casar dos años después con el consul portugués de Durban, Sudáfrica. Hecho que explica porqué Fernando pasó su infancia y juventud en Africa del sur, recibiendo una educación inglesa.
Henriqueta, su media hermana, lo recuerda como un niño silencioso que casi no jugaba y que ya escribía desde entonces.
En 1905, a los diecisiete años, regresa a Portugal. Solitario, retraído, forja su obra lentamente, al mismo tiempo que trabaja como traductor comercial en inglés y francés.
Inicia su obra poética en portugués en 1912, con algunos poemas publicados en la revista a Aguia. En 1913 publica 35 sonetos en inglés.
Por aquel entonces entra en relación con el grupo saudosista acaudillado por Teixeira de Pascoaes, pero lo abandona pronto, para ser, con Sá-Carneiro, uno de los introductores de los movimientos de vanguardia en Portugal.
“No conozco otra vida de escritor tan carente, como tampoco otra que haya sido tan transfigurada por el arte”. Las palabras son del prefacio de la biografía de Fernando Pessoa, Extraño Extranjero, escrita por el francés Robert Bréchon. “El poeta no ha querido, como ciertos estetas, hacer de su existencia una obra de arte; ha preferido escenificarla en su obra, concebida como un vasto drama donde los heterónimos le dan la réplica y se replican, a su vez, mutuamente”.
Esa imagen del poeta con camisa blanca, traje oscuro, corbata y sombrero gris se repite hasta el infinito hasta convertirse en una especie de “monograma” del poeta que en algún momento fue considerado “un fracasado” o, peor aún,”un inútil”.
El poeta de oficina
Escondido tras la máscara de un oficinista -lo que en rigor tampoco fue, porque sólo aceptó el trabajo para subsistir y con la condición de no cumplir horarios-, Pessoa emerge como un hombre regido por la pasión. Fue un seguidor del ocultismo y la astrología. Pero, ante todo, un lector empedernido que abordó tempranamente a los autores más difíciles.
El sufrimiento lo acompañó siempre, tanto a un nivel existencial como material. En vida no tuvo nada: carrera, amores, relaciones sociales, obra (sólo vio publicado su libro Mensaje, en 1934). Bebió en exceso. Y tenía sobre todo, el vicio de no terminar nunca nada de lo que empezaba, quizas con esta cita del fragmento 152 del “libro del desasosiego” podamos comprender porqué incluso no pudo esperar a concluir con su vida de forma natural: “Me quedo desolado cuando termino algo. Me quedo pasmado y desolado. Mi instinto de perfección debería impedirme acabar; debería impedirme incluso empezar…”
Cuando se suicidó uno de sus pocos amigos, le dedicó la siguiente oración fúnebre: “genio del arte, Sá-Carneiro no conoció en esta vida ni alegría ni dicha (…). Así les ocurre a los señalados por los dioses. El amor les da la espalda, la esperanza no los reclama, la gloria los ignora”.
Sobre heterónimos y ortónimos
El año 1914 fue decisivo en la obra del poeta, por la invención de sus tres heterónimos. Pessoa crea su obra proyectándola sobre cuatro personalidades distintas y divergentes en la que se incluye a él mismo (Fernado Pessoa) como ortónimo.
Cuando hablamos de heterónimos no estamos refiriéndonos a seudónimos, ni a un juego de dispersión emocional, sino a individualidades que deben ser consideradas distintas del propio autor. La obra seudónima es la del autor en su personalidad, salvo en el nombre con que firma; la heterónima es del autor fuera de su personalidad, es de una individualidad completa fabricada por él, como si fueran los parlamentos de cualquier personaje de cualquier drama suyo.
Cada uno de sus heterónimos parecía tener una misión clara y definida dentro de la creación poética: el ‘poder de despersonalización dramática’ se lo otorgó a Alberto Caeiro, la ‘disciplina mental’, a Ricardo Reis, y ‘toda la emoción que no debo ni a mí ni a mi vida’ fue para Alvaro de Campos.
Pessoa fue todos y cada uno de ellos: fue Alberto Caeiro, un poeta sensualista y pagano. Pero también fue el futurista Alvaro Campos y el helenista y horaciano Ricardo Reis, al que el Premio Nobel de Literatura José Saramago dedicara una de sus mejores novelas. Por último, asumió la voz del acongojado Bernardo Soares, autor del Libro del Desasosiego, que actualmente muchos especialistas consideran la obra de su vida.
Su obra
Pessoa sólo publicó en vida un libro, Mensaje (1934), que presentó al premio literario “Antero de Quental” y quedó en segundo lugar.
Mensagem (contracción de “Mens agitat molem” –el espiritu es quien guia a la materia) se trata de una epopeya asociada generalmente a cierto nacionalismo literario, aunque va más allá de la mera exaltación histórica para ofrecernos una interpretación mística de Portugal.
Estructurado en tres grandes partes (”Blasón”, “Mar Portugués” y “El Encubierto”), este libro hace un repaso por los principales acontecimientos de la historia portuguesa, retratando a sus figuras centrales, desde Ulises, Viriato, Alfonso Enríquez, Enrique el Navegante o Vasco de Gama hasta concluir en Don Sebastián y “la madrugada irreal del Quinto Imperio” (con claras reminiscencias del Padre António Vieira).
En Mensagem Pessoa procede a una lectura esotérica del curso de la historia portuguesa, recuperando sus símbolos, sus leyendas y lo esencial de su mitología para crear una imagen del destino de Portugal, un destino aún por cumplirse.
También es muy interesante la obra de del modesto, rural y retirado Alberto Caeiro y su discípulo urbano Álvaro de Campos. Estas dos criaturas con autonomía y personalidad propias nacieron el mismo día y se estableció entre ellos un vínculo duradero, el de maestro y discípulo. Sus estilos son distintos, y sus perspectivas vitales también, pero algo les une de una manera profunda. Los dos quieren guiar su vida por el mandamiento del sentir antes que por cualquier otro. Sentir, no pensar, dejar que la vida sea una totalidad que se afirme desde su inmediatez sensitiva sin ninguna clase de intermediarios, y, sobre todo, sin el propio yo que como conciencia reflexiva e inquisitiva se interpone entre las cosas del mundo y los sentidos que las perciben. Pero una diferencia les separa radicalmente:
Caeiro –que teme al pensamiento como a una enfermedad- dedica todo su empeño a demostrar que la naturaleza que nos rodea es, en sí misma, suficiente porque se limita a ser sin más, y se desconoce a sí misma, y en ese desconocimiento está toda su fuerza.
Esa existencia no reflexiva, que ignora la conciencia y las preguntas inútiles, es una forma de felicidad a la que aspira el sencillo y complejo Caeiro y que logra expresar más de una vez. Es decir, Caeiro no conoce los tormentos de los desdoblamientos, goza de un yo estable y aspira a ser como la luz del sol que “no sabe lo que hace / y por eso no se equivoca y es común y es buena”.
“Por eso (¡tristes de nosotros que traemos el alma
vestida!)
Eso exige un estudio profundo,
Un aprendizaje de desaprender
Y un secuestro en la libertad de aquel convento
Del que los poetas dicen que las estrellas son las
Monjas eternas
Y las flores las penitentes convictas de un solo día,
Pero donde al final las estrellas no son sino estrellas
Ni las flores sino flores,
Siendo que las llamamos estrellas y flores.”
[del “Guardador de rebaños”, Alberto Caeiro]
Pero Álvaro de Campos es un atormentado, enfermo de la enfermedad inquietante de no ser un yo integrado y feliz. No hay lugar que apacigüe las ansias constantes de Álvaro de Campos y su infelicidad es no poder estar donde quisiera estar, aunque tampoco sabría él mismo definir muy bien en qué sitio quisiera estar, quizá únicamente en un lugar de legendaria infancia. Todo es destierro y ansia de partir, sea como sea, para emprender un viaje a ninguna parte, a una lejanía que se hace abstracta inconcreción, lugar o destino inapresable, la lejanía de las lejanías. Todo es deseo de no existir, de un cansancio o tedio infinito –Baudelaire se queda corto a su lado- y todo es enfermedad: la enfermedad del mismo Pessoa, la incapacidad de sentir la realidad sin interponer obligadamente el pensamiento mediador -que con sus distorsiones enloquece la vida-. “Grandes son los desiertos, y todo es desierto”, dice Álvaro de Campos. Es esa profundidad inquietante, inabarcable, demoledora en sus aristas, la que nos pone a sus pies, rendidos como él por sus fatigas y ansias, como transportados a un universo mas que literario.
“En la noche terrible, sustancia natural de todas las
noches,
En la noche de insomnio, sustancia natural de todas
mis noches,
Recuerdo, velando en modorra incómoda,
Recuerdo lo que hice y lo que podría haber hecho en
La vida.
Recuerdo, y una angustia
Se dispersa por mí todo como un frío del cuerpo o un
Miedo.
Lo irreparable de mi pasado -¡ése es el cadáver!-
Todos los otros cadáveres puede ser que sean
Ilusión.
Todos los muertos puede ser que sean vivos en otra
Parte.
Todos mis propios momentos pasados puede ser que
Existan en algún lugar,
En la ilusión del espacio y del tiempo,
En la falsedad de transcurrir.
Pero lo que yo no fui, lo que yo no hice, lo que ni
Siquiera soñé;
Lo que sólo ahora veo que debería haber sido-
Eso está muerto más allá de todos los Dioses
Eso-y fue finalmente lo mejor para mí- ni los Dioses
Hacen vivir…
Si en cierta altura
Hubiese girado para la izquierda en vez de para la
Derecha;
Si en cierto momento
Hubiese dicho sí en vez de no, o no en vez”[De: “Lisbon Revisted”, Álvaro de Campos]








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