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	<title>Blush &#124; Fiat Lux &#187; Vida de perros</title>
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	<description>Revista digital de cultura y humanidades</description>
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		<title>Camila: historia de amor, en palabras de un perro</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Mar 2008 22:22:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vida de perros]]></category>
		<category><![CDATA[historias]]></category>

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		<description><![CDATA[La historia que voy a contarles hoy, no es de uno de mis “amos”. Pertenece a una persona con la que pasé tan solo algunas horas, pero esos momentos me marcaron y dejaron en mi alma canina, huellas muy profundas que sangran, todavía hoy, cuando las rememoro.
Más duelen cuando al repasarlas, recuerdo que la historia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.larevista.turemanso.com.ar/wp-content/uploads/2008/03/camila.jpg" alt="La tristeza de Camila" align="left" border="0" height="442" hspace="9" width="316" />La historia que voy a contarles hoy, no es de uno de mis “amos”. Pertenece a una persona con la que pasé tan solo algunas horas, pero esos momentos me marcaron y dejaron en mi alma canina, huellas muy profundas que sangran, todavía hoy, cuando las rememoro.</p>
<p>Más duelen cuando al repasarlas, recuerdo que la historia pertenece a una mujer. ¿Por qué será que cuando la historia es triste, si el personaje es femenino tiene todavía más tristeza y dolor?</p>
<p>Corría el año de 1848 en la Confederación Argentina&#8230;</p>
<p>Juan Manuel de Rosas, el Restaurador, gobernaba sin títulos pero con mano fuerte, todo el país. Eran épocas donde el rojo se imponía en las reuniones, en los salones y en las vestimentas.</p>
<p>Tiempos de aguerridas defensas de nuestra soberanía también. Don Juan Manuel, como patrón de estancia que era, imponía su voluntad a un puñado de provincias que no habían sabido organizarse previamente.</p>
<p>Pocos años atrás, la batalla de la Vuelta de Obligado, había sentado precedentes ante el mundo. Pero había sido mucho tiempo ya bajo el gobierno de una misma persona. Cuando los caudillos se eternizan, comienzan los errores y los conflictos y así estábamos en aquel año 1848&#8230; con olor a sublevaciones en el interior y con sospechas de movimientos armados entre los exiliados en el exterior.</p>
<p>Vivía yo en lo que entonces eran los cuarteles del general Rosas, un lugar al que llamaban “Santos Lugares”, aunque de santo solo tuviera el nombre. No tenía dueño fijo, y mi vida se reducía a ser simpático con los soldados para que me dieran de comer&#8230; pagaba, claro está, con ahuyentar las alimañas y avisar, por las noches, la presencia de algún intruso perdido&#8230;</p>
<p>Corría el mes de agosto y los calorcitos ya nos habían acostumbrado a buscar la sombra por las tardes&#8230;</p>
<p>El día 15, llegaron carretas provenientes de Buenos Aires con dos prisioneros, un hombre y una mujer. Para él fue la prisión común. Para ella, acondicionaron un poco el salón comedor.</p>
<p>Mi olfato me indicó que algo trágico estaba por suceder con aquella gente, porque no se traía a prisioneros a este lugar&#8230;</p>
<p>Con mi mejor cara de aburrido, logré colarme en el comedor que hacía las veces de celda y me acosté junto a una pared, desde donde podía ver a la dama&#8230;</p>
<p>Era esta de estatura regular, negro pelo desordenado (quizás por el viaje), ojos llorosos por su situación y un abdomen pronunciado, signo inequívoco de una vida latiendo en su interior.</p>
<p>No tardó mucho en verme y al instante, me llamó con un gesto cariñoso&#8230; Me acerqué y acariciando mi cabeza, comenzó a hablarme entre sollozos y sonrisas&#8230; Recuerdo que me dijo que su nombre era Camila y su apellido, de origen extranjero.</p>
<p>Contó que algunos años atrás, vivía con su familia, descendientes de inmigrantes irlandeses, en una finca de Buenos Aires, cercana a la capilla del Socorro*</p>
<p>Era asidua concurrente a las tertulias porteñas y sus veinte años se deslizaban plácidamente hasta que conoció al nuevo sacerdote de la parroquia, el padre Uladislao Gutiérrez.</p>
<p>Creo que la vi sonrojarse un poco cuando me confesó que se enamoraron perdidamente uno del otro y desde ese momento, fueron conscientes de que su amor sería su condena.</p>
<p>No tardó mucho la pacata sociedad porteña de aquella época en darse cuenta del amor entre el sacerdote y la niña, que por aquel tiempo tenía solo 20 años.</p>
<p>Decidieron arriesgar todo y fugarse.</p>
<p>Lo hicieron rápida y silenciosamente y en pocos días lograron salir de Buenos Aires, tomar un vapor y, remontando el Paraná, radicarse en Goya, en la lejana provincia de Corrientes.</p>
<p>Allí, con documentos y nombres falsos, instalaron una escuela que prosperaba día a día.</p>
<p>Vivieron felizmente su amor durante dos años hasta que la casualidad (o el destino&#8230; quien lo sabe?), puso su zancadilla y el secreto, tan celosamente guardado, se desmoronó como castillo de naipes.</p>
<p>Al llegar a este punto, no pudo contener los sollozos y yo me acerqué más y lamí su mano dándole confianza&#8230;</p>
<p>En Buenos Aires, se había librado orden de captura para ambos y Rosas personalmente había firmado el mandato.</p>
<p>Un religioso que pasaba de regreso por Goya, reconoció al padre Gutiérrez e inmediatamente lo denunció&#8230;</p>
<p>Fueron arrestados y trasladados en barco hasta Buenos Aires, pero Rosas ordenó que fueran transferidos inmediatamente a Santos Lugares, sin posibilidad de hablarse.</p>
<p>Luego de contarme aquella triste historia, Camila pareció serenarse y se recostó sobre la cama&#8230; Yo me eché sobre la pequeña alfombrita que había junto a ella.</p>
<p>A las pocas horas, se abrió la puerta y dos oficiales, parándose junto a la cama, leyeron una proclama recién llegada de Buenos Aires. Y firmada por el mismísimo Rosas: se ordenaba la ejecución por fusilamiento, de los condenados Camila O´Gorman y el ex sacerdote Uladislao Gutiérrez.</p>
<p>Si la mujer sintió miedo, dolor o espanto. Solo ella lo supo. Su rostro se mantuvo impasible, aunque yo adivinaba el temblor que la sacudía por dentro.</p>
<p>Cuando los oficiales se retiraron diciéndole que en breve vendría el sacerdote a recibirle su confesión, Camila se sentó en el camastro y me llamó&#8230;</p>
<p>Acarició mi cabeza con la caricia más suave que recibí en mi vida y mientras lo hacía, comenzó a sollozar bajito&#8230;</p>
<p>¿Qué delito tan terrible habría cometido aquella mujer para merecer semejante castigo?</p>
<p>¿Qué traición a la patria o crimen horrendo la hacía merecedora de la muerte, a ella que portaba una vida en su cuerpo?.</p>
<p>Mi razonamiento canino no alcanzaba al de los hombres.</p>
<p>Si la sociedad de aquella época consideraba pecado grave que un sacerdote abandonara el celibato y se uniera a una mujer, no podría haber una condena distinta?</p>
<p>Por qué ensañarse con dos seres que, unidos por el amor, solo habían pretendido vivirlo sin secretos, a la luz del sol.</p>
<p>La única respuesta que puedo dar, es porque el sacerdote era sobrino del gobernador tucumano, adicto a Rosas, y Camila, una niña de distinguida familia.</p>
<p>Era casi una ofensa al mismísimo Restaurador! Y eso, en aquella época, se pagaba caro&#8230;</p>
<p>Luego de confesarse, Camila fue llevada con los ojos vendados, sentada y atada a una silla, en hombros de algunos soldados. Antes de que le taparan los ojos, me miró tristemente&#8230;</p>
<p>Nunca olvidaré aquella mirada!!!!</p>
<p>Lo mismo hicieron con Gutiérrez, quizás para que no se vieran y evitar escenas desgarradoras.</p>
<p>Pero los amantes se presintieron y se llamaron&#8230; La congoja ganó los corazones de aquellos rudos soldados del pelotón.</p>
<p>Yo me escabullí entre la tropa y pude ver como la descarga fatal, segaba las vidas de Uladislao y Camila y tronchaba un amor valiente que supo imponerse a tabúes de la época.</p>
<p>Cuando todo terminó y los soldados se marcharon, me quedé un rato sentado y pensando&#8230;</p>
<p>Pensando acerca del poder de algunos hombres sobre otros, del derecho a decidir sobre vidas y bienes, del egoísmo que reina a veces, en los corazones humanos y entonces, con cierta mezquindad, lo confieso, me sentí feliz de ser perro.</p>
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		<title>Mañanas vacías</title>
		<link>http://revistablush.com.ar/2007/12/mananas-vacias/</link>
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		<pubDate>Wed, 19 Dec 2007 21:15:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vida de perros]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Malvinas]]></category>

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Lo único que no me gustaba del lugar,  era el persistente viento. La temperatura era siempre baja, pero  soportable, quizás por mi pelaje, propio de razas de zonas frías.
Por lo demás, mis días transcurrían  en una rutina plácida y atractiva. Paseos disfrutando la tibieza del  sol cuando había, excursiones en busca [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="hide">&nbsp;</p>
<p>Lo único que no me gustaba del lugar,  era el persistente viento. La temperatura era siempre baja, pero  soportable, quizás por mi pelaje, propio de razas de zonas frías.</p>
<p>Por lo demás, mis días transcurrían  en una rutina plácida y atractiva. Paseos disfrutando la tibieza del  sol cuando había, excursiones en busca de algún manjar olvidado, siestas  reparadoras en lugares protegidos del viento, participación en los  juegos de los niños.<a href="http://www.larevista.turemanso.com.ar/wp-content/uploads/2007/12/perrito.jpg" title="Don Perro"><img src="http://www.larevista.turemanso.com.ar/wp-content/uploads/2007/12/perrito.thumbnail.jpg" alt="Don Perro" align="right" border="0" hspace="9" vspace="0" /></a></p>
<p>De tanto en tanto, alguien me adoptaba  temporariamente y así recibía además, una dosis de ternura y cariño.</p>
<p>Así transcurría mi vida en aquel <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_las_Malvinas" title="Islas Malvinas" target="_blank">año  de 1982 en las lejanas islas</a>.</p>
<p>Aquella mañana de abril, un inusitado  movimiento acompañado de gritos, ruidos extraños y vehículos marchando  me despertó.</p>
<p><span id="more-14"></span>Mis ocasionales amigos, con quienes compartíamos  un rincón de una vieja casa semiderruida, ya se habían despertado  y comentaban que había mucha gente extraña y con raros aparatos en  las manos.</p>
<p>Me desperecé rápidamente y troté hacia  la casa de Frankie, un humano joven que a menudo me daba de comer y  algunas caricias.</p>
<p>Allí todo era exaltación y movimientos.</p>
<p>- Nos invadieron tropas argentinas,    oí que decían.</p>
<p>- Pero no puede ser, murmuraba    la madre de Frankie, mientras comenzaba a desenrollar su rosario.</p>
<p>- Pues así lo dice toda la    gente de la ciudad mamá, contestó Frankie.</p>
<p>Las horas fueron pasando, en una mezcla  de incertidumbre y temor.</p>
<p>A la tarde, ya todos sabíamos que el  ejército argentino había decidido tomar las islas porque, según ellos,  eran suyas desde tiempos inmemoriales.</p>
<p>Mi vida no varió mucho en esos días.  Solamente debí acostumbrarme a ver caras extrañas y recibir algunas  caricias y también patadas nuevas.</p>
<p>Por las noches, echado bajo la mesa donde  Frankie y sus amigos compartían una charla, oía que los isleños comentaban  la próxima llegada de su ejército que los liberaría de esa situación  incómoda.</p>
<p>Frankie seguía estudiando y cuando podía,  me acercaba algún hueso acompañado de caricias.</p>
<p>Y el día llegó&#8230; Con gran estruendo  de aviones, bombas y disparos comenzó el combate.</p>
<p>A Frankie lo veía menos.. Sólo algunos  momentos por las tardes, cuando salía a dejarme comida y charlaba unos  pocos minutos conmigo.</p>
<p>Una mañana, mientras ambulaba por las  calles del pueblo, un soldado argentino me llamó y comenzó a acariciarme  y a hablarme.</p>
<p>Me dijo que se llamaba Francisco, y que  allá, en su lejano pueblo, tenia un perro muy parecido a mi.</p>
<p>Lo sentí sincero y afectuoso.</p>
<p>Desde ese momento, todas las mañanas  trataba de ubicarlo para recibir mi cuota diaria de caricias.</p>
<p>Y por las tardes, Frankie completaba  este ritual.</p>
<p>En medio de una guerra, me sentía casi  feliz&#8230; tenía dos amigos que me apreciaban y hasta podría decir que  eran parecidos uno a otro.</p>
<p>Frankie era más melancólico, Francisco  más extrovertido, pero ambos eran jovencísimos y tenían sueños y  proyectos.</p>
<p>Francisco quería estudiar Medicina y  Frankie se sentía atraído por las letras y las artes.</p>
<p>Francisco había dejado una novia en  su tierra natal, una hermosa jovencita llamada Verónica,  de la  que siempre llevaba una fotografía en sus bolsillos,  mientras  que Frankie, amaba secretamente a  su vecina,  Susan, pero  su carácter tímido le impedía hablarle.</p>
<p>Pasaron algunos días así, en una situación  indefinida. Yo de guerras no entendía mucho, pero me sentía contento  de haber encontrado dos buenos amigos.</p>
<p>Una mañana, temprano, grandes explosiones  me despertaron y mirando por un hueco que había en el galpón donde  dormía, vi un resplandor vivísimo en el horizonte.</p>
<p>Inmediatamente oí corridas, gritos y  órdenes militares por todos lados.</p>
<p>Tímidamente me asomé y vi que Francisco  y sus compañeros, salían corriendo,  cargando pesadas mochilas  y un arma en los brazos. Sus rostros expresaban angustia y miedo.</p>
<p>Todo ese día fue así&#8230; explosiones  fortísimas, aviones pasando muy bajo, gritos de dolor, voces de mando.</p>
<p>Frankie pasó esas horas estudiando,  o por lo menos aparentando estudiar, pues a la tarde, cuando fui a buscarlo,  lo vi abstraído, con la mirada perdida en el horizonte. Seguramente  pensaba en su vecina, o quizás en la absurda situación por la que  se vivía en ese momento.</p>
<p>Sus caricias fueron más afectuosas que  de costumbre aquella tarde. También me premió con un caramelo.</p>
<p>Al anochecer, vi que los soldados argentinos  regresaban cansados y sucios. No vi a Francisco, pero la noche cerró  rápidamente y el movimiento era inusualmente grande.</p>
<p>Las luces se apagaron rápidamente aquella  noche y no me quedó otra solución  que refugiarme en mi galpón  tratando de  protegerme del excesivo frío de aquel mayo de 1982</p>
<p>A medianoche me despertó el sonido tristísimo  de una armónica. Sería aquel amigo de Francisco que llevaba una y  solía divertir a sus compañeros con sus canciones?. La melodía era  muy triste y al poco tiempo se hizo silencio total.</p>
<p>Por la mañana, me costó levantarme.  El sol era tenue y la neblina cubría el lugar con un espeso manto blanco.</p>
<p>Me sacudí rápidamente y partí buscando  a Francisco.</p>
<p>Toda aquella mañana lo busqué&#8230; infructuosamente.</p>
<p>Vi a su compañero, el de la armónica,  con una cara tan sombría que me sorprendió, puesto que era muy alegre.</p>
<p>Ambulé por trincheras y barracones,  por casas y campos, pero no pude dar con Francisco.</p>
<p>Por la tarde, percibí que Frankie también  estaba más triste y apenado que de costumbre. Si bien su carácter  era más reservado y melancólico, su expresión me decía que pasaba  por un momento especial y triste.</p>
<p>Siguieron otras mañanas de infructuosa  búsqueda de Francisco.</p>
<p>En una de ellas vi, junto a una cruz  de madera, la placa que mi amigo llevaba siempre colgada al cuello,  y a su lado la fotografía  de Verónica. Aquella tarde,   vi a Frankie paseando  de la mano de Susan</p>
<p>Desde aquel día, mis mañanas estuvieron  siempre vacías.</p>
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		<title>¿Quién soy?</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Nov 2007 22:54:01 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Vida de perros]]></category>

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		<description><![CDATA[Soy un perro sin dueño, y con un millón de nombres. Gusto de las aventuras como quien ama respirar, así, con esa desesperación inexplicable que mantiene la vida en su lugar.
A lo largo de mi existencia seguí tras las huellas de hombres y mujeres inconformistas, complejos, entregados a sus ideas.
Debo confesar que la gente &#8220;termino [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.larevista.turemanso.com.ar/wp-content/uploads/2008/03/perro.jpg" alt="perro.jpg" align="right" />Soy un perro sin dueño, y con un millón de nombres. Gusto de las aventuras como quien ama respirar, así, con esa desesperación inexplicable que mantiene la vida en su lugar.</p>
<p>A lo largo de mi existencia seguí tras las huellas de hombres y mujeres inconformistas, complejos, entregados a sus ideas.</p>
<p>Debo confesar que la gente &#8220;termino medio&#8221; me aburre, soy un enamorado de la gallardía, el honor, los principios. La nariz me lleva por los parajes de las historias humanas. Las pasiones se olfatean desde lejos ¿sabian? dejan marcas en el entorno, en los cuerpos, en la memoria&#8230;</p>
<p>Aquí me tienen hoy, rememorando mis hazañas como quien escribe su autobiografía. Sólo que en este caso mi vida está atada al destino de otros de una manera que nunca me hubiera imaginado.</p>
<p>Ahora en perspectiva comprendo&#8230; fui parte de la historia de la humanidad, por eso siento la necesidad de acercarles mi visión al respecto.</p>
<p>¿Qué soy perro? ¡Y qué!</p>
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